Don Quijote – Volume I – 4

En resolución, él se enfrascó tanto en su letura, que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio; y así, del poco dormir y del mucho leer, se le secó el celebro, de manera que vino a perder el juicio. Llenósele la fantasía de todo aquello que leía en los libros, así de encantamentos como de pendencias, batallas, desafíos, heridas, requiebros, amores, tormentas y disparates imposibles; y asentósele de tal modo en la imaginación que era verdad toda aquella máquina de aquellas sonadas soñadas invenciones que leía, que para él no había otra historia más cierta en el mundo. Decía él que el Cid Ruy Díaz había sido muy buen caballero, pero que no tenía que ver con el Caballero de la Ardiente Espada, que de sólo un revés había partido por medio dos fieros y descomunales gigantes. Mejor estaba con Bernardo del Carpio, porque en Roncesvalles había muerto a Roldán el encantado, valiéndose de la industria de Hércules, cuando ahogó a Anteo, el hijo de la Tierra, entre los brazos. Decía mucho bien del gigante Morgante, porque, con ser de aquella generación gigantea, que todos son soberbios y descomedidos, él solo era afable y bien criado. Pero, sobre todos, estaba bien con Reinaldos de Montalbán, y más cuando le veía salir de su castillo y robar cuantos topaba, y cuando en allende robó aquel ídolo de Mahoma que era todo de oro, según dice su historia. Diera él, por dar una mano de coces al traidor de Galalón, al ama que tenía, y aun a su sobrina de añadidura.

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In short, he became so absorbed in his books that he spent his nights from sunset to sunrise, and his days from dawn to dark, poring over them; and what with little sleep and much reading his brains got so dry that he lost his wits. His fancy grew full of what he used to read about in his books, enchantments, quarrels, battles, challenges, wounds, wooings, loves, agonies, and all sorts of impossible nonsense; and it so possessed his mind that the whole fabric of invention and fancy he read of was true, that to him no history in the world had more reality in it. He used to say the Cid Ruy Diaz was a very good knight, but that he was not to be compared with the Knight of the Burning Sword who with one back-stroke cut in half two fierce and monstrous giants. He thought more of Bernardo del Carpio because at Roncesvalles he slew Roland in spite of enchantments, availing himself of the artifice of Hercules when he strangled Antaeus the son of Terra in his arms. He approved highly of the giant Morgante, because, although of the giant breed which is always arrogant and ill-conditioned, he alone was affable and well-bred. But above all he admired Reinaldos of Montalban, especially when he saw him sallying forth from his castle and robbing everyone he met, and when beyond the seas he stole that image of Mahomet which, as his history says, was entirely of gold. To have a bout of kicking at that traitor of a Ganelon he would have given his housekeeper, and his niece into the bargain.

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